Hace unos días, al caminar por la planta alta del edificio del Ayuntamiento de Culiacán, ese inmueble cargado de historia, con casi dos siglos mirando pasar generaciones, me detuve con el tiempo suficiente para observar los murales que lo embellecen. Ahí, entre colores, trazos y memoria, destacan las obras del artista mocoritense Lenin Márquez Salazar, piezas que, si se miran con atención, revelan más que arte, revelan identidad.
En esos muros habita el Culiacán que ya se fue, pero que se resiste a desaparecer. Aparece Manuel Clouthier del Rincón, “El Maquío”, con su carácter firme; está Lupita, “La novia de Culiacán”, símbolo de una época; también Juan Navarrete, “La Fanny”, figura entrañable de la cultura popular; y Don Pedro Carreón, referente del teatro guiñol. Todos ellos ya no están en cuerpo, pero siguen ahí, inmóviles en la pared, convertidos en memoria colectiva.
Y fue precisamente ahí, frente a ese Culiacán congelado en pintura, donde vino el golpe de realidad. Porque mientras algunos ya habitan en los murales, hay otros que todavía caminan entre nosotros… pero a esos ya casi nadie los ve.
Pensé entonces en César Gaxiola Rodríguez, “Don Cachito”, ese hombre de baja estatura, inconfundible, que durante años fue parte del paisaje del centro de Culiacán. Siempre vestido de rojo y amarillo, como si él mismo fuera una extensión de la Lotería Nacional, Don Cachito no necesitaba presentación. Bastaba verlo en un crucero, acercarse a un automóvil o caminar entre la gente para saber que estábamos frente a uno de esos personajes que no se inventan, que nacen en la calle.
Don Cachito no es producto de una campaña, ni de una estrategia de posicionamiento, ni de una narrativa bien construida. Es, simple y llanamente, resultado de la constancia y de su trabajo. De estar ahí todos los días, bajo el sol, en las calles, en el ruido, en la prisa de una ciudad que nunca se detiene.
Hoy, sin embargo, la historia es distinta. Se sabe que ya es un hombre de edad avanzada, que su vista le ha fallado y que por eso ya no se le ve como antes recorriendo las calles, ofreciendo boletos, interactuando con la gente. También se sabe que vive por la Rosales, cerca del Colegio Nueva Galicia, y que las condiciones en las que se encuentra distan mucho de esa fama que, sin quererlo, construyó.
Y ahí es donde la nostalgia se convierte en reclamo.
Porque Culiacán tiene una extraña forma de relacionarse con su gente, aplaude, reconoce, recuerda… pero pocas veces cuida. Somos buenos para convertir personas en símbolos, pero no tanto para garantizarles dignidad cuando aún están vivos.
Don Cachito es, en muchos sentidos, un espejo incómodo. Un personaje que todos identifican, pero al que pocos han volteado a ver en serio. Un ícono urbano que, sin darse cuenta, terminó formando parte de la identidad de la ciudad, pero que hoy enfrenta la misma realidad que miles, la del abandono silencioso.
Aquí es donde la política deja de ser discurso y se convierte en responsabilidad. Porque no se trata de asistencialismo ni de caridad, se trata de entender que hay un patrimonio que no está en los edificios, ni en las calles, ni en los informes de gobierno, está en la gente.
En esos personajes que le dieron rostro, voz y color a Culiacán.
Como sociedad, tendríamos que preguntarnos qué estamos haciendo con ellos. Y como gobierno, la pregunta debería ser aún más directa, ¿qué se está haciendo para que no terminen convertidos únicamente en pintura, en anécdota o en recuerdo?
Porque al ritmo que vamos, no falta mucho para que Don Cachito deje de caminar por las calles y termine también en un mural, acompañado de aquellos que ya se fueron.
Y entonces sí, lo vamos a recordar.
Y entonces sí, vamos a decir que era parte de la ciudad.
Y entonces sí, será demasiado tarde.
P.D. Nos vemos en la próxima entrega.

