El monstruo que Morena alimentó

El monstruo que Morena alimentó


Y el día que las víctimas decidan cobrar factura
La política tiene memoria corta, pero el ciudadano no siempre olvida. En Sinaloa empieza a construirse un fenómeno que hace apenas unos meses parecía imposible. Los caídos del morenismo hoy comienzan a verse como posibles verdugos del propio sistema que los expulsó.
Ironías de la política.
Porque Morena en Sinaloa pasó de ser un movimiento que prometía acabar con los abusos del viejo régimen a convertirse exactamente en lo que tanto criticó. Un aparato donde la soberbia, las traiciones internas y el exterminio político se volvieron deporte olímpico.
Y cuando un gobierno empieza a pelearse más con los suyos que con la oposición, algo ya se pudrió.
Primero fueron por el Partido Sinaloense. Lo quisieron desaparecer políticamente. Lo señalaron como si fuera el origen de todos los males del estado. Operaron con odio, con sed de venganza y con la arrogancia típica del que cree que el poder será eterno. El mensaje era claro. Aquí mandamos nosotros. Pero la política no funciona así. Cuando intentas aplastar a alguien y no lo logras, terminas fortaleciéndolo.
Y Morena no entendió eso.
Porque el PAS, guste o no guste, logró posicionarse durante años como una estructura real en Sinaloa. No era un partido de membrete ni una ocurrencia electoral de temporada. Tenía presencia territorial, operadores, estructura universitaria y algo que muchos partidos tradicionales ya quisieran tener, una base que sí salía a defender sus colores. Por eso la obsesión de destruirlo terminó generando el efecto contrario. Mucha gente comenzó a preguntarse por qué tanta persecución. Y cuando el ciudadano empieza a hacerse esa pregunta, el discurso oficial comienza a perder fuerza.
Además, hay algo que Morena calculó mal. En política el exceso de poder siempre genera hartazgo. Y cuando un gobierno utiliza toda su maquinaria para aplastar a un adversario, el ciudadano termina viendo abuso, no justicia. Ahí fue donde el PAS empezó a cambiar su narrativa pública. Pasó de ser señalado como aliado incómodo del poder a venderse como víctima de una persecución política. Y aunque muchos no simpaticen con ellos, tampoco son pocos los que consideran que fueron utilizados y después desechados cuando dejaron de servir.
Después vino la cacería interna. Uno por uno comenzaron a caer personajes incómodos para el sistema. El caso del exalcalde de Mazatlán Luis Guillermo Benítez Torres fue quizá el más humillante. Sí, el Químico tiene negativos enormes y tampoco es precisamente una víctima inocente. Pero una cosa es reconocer sus errores y otra ver cómo su propio partido lo utilizó como fusible desechable. Lo exprimieron políticamente y después lo aventaron como si nunca hubiera existido.
Y el problema para Morena no fue solamente quitarlo. El problema fue la manera. Porque políticamente al Químico primero lo defendieron, después lo presumieron y finalmente lo sacrificaron cuando ya no resultó útil. Ahí quedó claro algo que muchos dentro del morenismo ya sospechaban. En ese movimiento nadie tiene garantizado nada. Hoy puedes ser candidato estrella y mañana convertirte en carga política.
Eso generó ruido incluso entre los propios simpatizantes de Morena. Porque una parte de la militancia empezó a notar que el movimiento dejó de actuar bajo principios y comenzó a moverse únicamente bajo conveniencias. Y aunque el Químico arrastra críticas enormes por su paso en Mazatlán, también es cierto que muchos ciudadanos vieron exceso en la manera en que fue exhibido y abandonado por los mismos que antes se tomaban la foto con él.
La política tiene algo muy curioso. A veces el ciudadano no sale a defender al personaje, sino la injusticia que percibe detrás del personaje. Y ahí Morena empezó a cometer errores que hoy podrían costarle caros.
Luego apareció Jesús Estrada Ferreiro, un personaje incómodo, explosivo y respondón que entendió algo que muchos políticos cobardes jamás entienden. Cuando el sistema quiere destruirte, callarte no te salva. Mientras otros buscaban chamba o reconciliación con el poder, él decidió confrontar. Ahí empezó a conectar con un sector que quizá no lo quería, pero sí comenzó a verlo como alguien perseguido por no alinearse.
Y Estrada Ferreiro hizo algo que incomodó muchísimo dentro del poder. No pidió perdón. No se dobló públicamente. No salió a besar manos para buscar protección política. Al contrario, convirtió el pleito en bandera y comenzó a hablarle directamente a un sector ciudadano harto de simulaciones. Y aunque su estilo siga generando rechazo entre muchos, también es verdad que pocos políticos tienen hoy la capacidad de polarizar y llamar la atención como él.
Porque mientras otros exfuncionarios desaparecieron políticamente después de ser removidos, Estrada siguió haciendo ruido. Siguió declarando, siguió confrontando y siguió alimentando la narrativa de que fue removido no por corrupción, sino por convertirse en alguien incómodo para ciertos grupos de poder. Y en un ambiente donde la gente cada vez desconfía más de las instituciones y de los discursos oficiales, ese mensaje encuentra terreno fértil.
Además, hay un detalle que Morena parece ignorar. El ciudadano suele conectar más rápido con el político rebelde que con el político obediente. Y Estrada, con todo y sus excesos, logró vender durante mucho tiempo la imagen de alguien que no se dejó controlar completamente. Eso, en tiempos de enojo social, puede convertirse en capital político.
Y en política la percepción vale más que la verdad.
Pero el nombre que verdaderamente debería preocupar dentro de Morena es Gerardo Vargas Landeros. Porque a diferencia de otros, Gerardo sí sabe operar políticamente. Conoce el viejo sistema, conoce el nuevo y conoce perfectamente las entrañas del morenismo sinaloense. Sabe dónde están los egos, dónde están las traiciones y dónde están los cadáveres políticos escondidos bajo el discurso de transformación.
Y eso dentro de Morena lo saben perfectamente. Saben que Gerardo no es un improvisado ni un político de discursos bonitos para redes sociales. Es de los que entienden cómo se mueve el poder de verdad. De los que conocen operadores, estructuras, liderazgos regionales y las debilidades internas de cada grupo político. Y aunque muchos intenten minimizarlo, la realidad es que en el norte del estado sigue teniendo operación, sigue teniendo relaciones y sigue teniendo gente que le responde.
Ahí está el verdadero miedo. No es solamente Gerardo como personaje político, sino lo que podría representar en una coyuntura donde Morena empieza a desgastarse solo. Porque una cosa es enfrentar a una oposición débil y dividida, y otra muy distinta enfrentar a alguien que viene de adentro, que conoce las guerras internas, las ambiciones, los acuerdos rotos y hasta los pleitos personales que existen dentro del movimiento.
Y si algo ha demostrado la política sinaloense es que las traiciones internas terminan haciendo más daño que cualquier adversario de enfrente.
Además, Gerardo tiene algo que hoy vale muchísimo en política. Experiencia. Mientras muchos nuevos morenistas apenas aprendieron a ganar elecciones bajo el efecto López Obrador, él ya caminaba estructuras cuando varios de los actuales operadores todavía ni figuraban políticamente. Sabe negociar, sabe confrontar y sobre todo sabe esperar. Y en política el que sabe esperar suele convertirse en un problema serio.
Por eso dentro de algunos grupos morenistas empiezan a prenderse las alarmas. Porque quizá antes alcanzaba con expulsar, desacreditar o intentar inhabilitar políticamente a alguien. Hoy ya no. Hoy el escenario cambió. Hoy existe enojo social, desgaste interno y una percepción cada vez más fuerte de soberbia en el poder.
Y eso es peligrosísimo.
Porque Morena hoy enfrenta algo peor que una oposición fuerte. Enfrenta el resentimiento de quienes antes estaban dentro de la casa.
Y los exaliados suelen ser más peligrosos que los enemigos.
Lo más grave para Morena no es que estos personajes puedan competir. Lo verdaderamente delicado es que el gobierno les está regalando el discurso perfecto. El de víctimas del autoritarismo político. Y en un estado cansado de soberbia, persecuciones selectivas y pleitos internos, ese discurso puede prender.
Porque el ciudadano ya empezó a notar algo. Mientras el estado vive violencia, incertidumbre y crisis, buena parte de la clase política morenista sigue obsesionada con destruirse entre ellos mismos.
La famosa unidad resultó ser puro maquillaje barato.
Y mientras algunos dentro de Morena siguen creyendo que no existe oposición real, afuera comienza a construirse algo mucho más peligroso. El voto de castigo emocional. Ese que no siempre vota por amor, sino por coraje.
Porque hay algo que nunca debe hacer un gobierno soberbio. Fabricar mártires.
Y Morena en Sinaloa parece empeñado en producirlos en serie.

Desde la Cochera

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