Para Héctor Melesio Cuén Ojeda la política era de oportunidad y circunstancia; el Partido Sinaloense atraviesa, quizá, el momento más difícil desde su nacimiento. Hace dos años falleció su fundador, el hombre que soñó, construyó y motivó a miles de ciudadanos para dar vida a un partido político local. Mucho se ha escrito Cuén, pero más allá de simpatías o diferencias, hay algo que pocos pueden discutir. Era un líder de esos que nacen muy de vez en cuando, un político que entendía el valor de la palabra y que cargó durante muchos años sobre sus hombros el peso de todo un proyecto.
Su ausencia dejó un vacío que todavía no termina de llenarse. La reconstrucción del PAS ha estado llena de obstáculos, de decisiones complicadas y de momentos amargos. Mantener vivo un partido sin la guía de quien lo fundó no ha sido una tarea sencilla.
Esa responsabilidad recayó en un dirigente joven que, prácticamente de la noche a la mañana, asumió una misión titánica. Por un lado debe formar nuevos liderazgos; por el otro, convencer a quienes ya forman parte del partido de que permanezcan en el proyecto. Al mismo tiempo, enfrenta el desafío de evitar que el PAS pierda su registro en la elección de 2027.
Como si eso no fuera suficiente, dentro del Partido Sinaloense convergen intereses distintos que, en ocasiones, dificultan todavía más la conducción del instituto político. Existe la influencia natural de la familia de Héctor Melesio Cuén, que conserva una parte importante del control interno, pero también está una militancia que espera ser escuchada y que desea que las decisiones respondan al interés colectivo y no únicamente al de un grupo.
El legado de Cuén sigue ahí. El PAS posee una estructura política que pocos partidos locales pueden presumir. Cuenta con militantes preparados en materia electoral, con operadores experimentados y con una organización capaz de darle forma a campañas competitivas. Ese capital político tiene un valor que no debe desperdiciarse.
La verdadera disyuntiva consiste en decidir qué clase de partido quieren construir hacia el futuro. Uno donde las decisiones se tomen en pequeñas reunioncitas entre amigos, o uno donde prevalezca la representación de toda la militancia. Porque un partido político no pertenece a un grupo cercano; pertenece a quienes lo sostienen con trabajo, con convicción y con años de esfuerzo.
El objetivo de cualquier instituto político no es administrar diferencias personales, sino convencer a la mayoría de los ciudadanos de que su proyecto es la mejor opción para gobernar. La política no puede convertirse en el espacio donde cada quien ajuste cuentas o anteponga frustraciones. Debe ser el instrumento para construir acuerdos y ganar la confianza de la sociedad.
Decía Héctor Melesio Cuén que la política no era para timoratos y que los intereses personales jamás debían colocarse por encima de los intereses del partido. Esa enseñanza hoy cobra más vigencia que nunca.
Las decisiones que tome su dirigente, Robespierre Lizárraga, respecto a una eventual alianza electoral, o incluso la decisión de competir sin alianzas, deben responder exclusivamente a lo que más convenga al Partido Sinaloense. No se trata de simpatías personales, de grupos de amigos ni de saldar cuentas pendientes. Se trata de garantizar la permanencia y la viabilidad de un proyecto político que representa a miles de sinaloenses.
Porque la buena política no se hace en reunioncitas de amigos. La política exige carácter, oficio, capacidad para construir acuerdos y, sobre todo, pensar primero en el partido y después en los intereses personales.
La política no es para soñadores frustrados. Si quieren santidad, váyanse a La Lomita. Los partidos políticos existen para competir, ganar elecciones y representar a la sociedad, no para alimentar egos ni convertir diferencias personales en el destino de un proyecto político.
P.D. Nos vemos en la próxima entrega.

