Las últimas dos locuras de Serapio Vargas que no están tan locas

Las últimas dos locuras de Serapio Vargas que no están tan locas

Muchos conocemos al diputado Serapio Vargas, el irreverente, el locochón, ese que tiene una facilidad extraordinaria para provocar carcajadas, mentadas y dolores de cabeza, a veces entre sus propios compañeros. Yo siempre he dicho que Serapio puede estar loco, que en ocasiones defiende lo indefendible y hasta parece disfrutarlo, pero pendejo no es. Por eso, antes de despachar sus últimas dos propuestas con una burla, conviene revisarlas. No vaya siendo que el loco esté señalando algo importante mientras los muy cuerdos siguen cobrando por hacerse pendejos.

Hace unos días planteó una salida para los fraccionamientos que las constructoras no han entregado formalmente a los ayuntamientos. Según lo expuesto por el diputado, hay 78 desarrollos en esa situación en Culiacán. Lo que propone Serapio es establecer por ley un mecanismo para que, transcurridos cinco años, los municipios puedan recibir esos fraccionamientos y asumir la prestación de los servicios públicos, incluso cuando la constructora haya desaparecido, quebrado o resulte ilocalizable. Busca que la falta de entrega y las obras pendientes dejen de mantener atrapados a los habitantes, tomando como referencia una legislación aplicada en Querétaro. Detrás de ese trámite aparentemente aburrido hay familias que compraron una casa y terminaron heredando un pleito que ni provocaron ni tienen cómo resolver. 

Ahí empieza lo verdaderamente encabronante. En los hechos, al habitante lo dejan como si no tuviera derecho a los servicios públicos. Reclama alumbrado, mantenimiento o recolección de basura y aparece la explicación de que el fraccionamiento no ha sido entregado. Cuando alguna autoridad atiende, prácticamente se presenta como un favor. Usted compró patrimonio, se endeudó durante años y ahora resulta que también tiene que organizar una peregrinación para conseguir que le atiendan la calle. Nada más falta que le pidan llevar su propia basura al despacho para demostrar interés.

Mientras tanto, la empresa que construyó se hace la tonta. Ya le autorizaron, ya vendió, ya cobró y ahora le vale madre. Si dejó pendientes, que alguien más los resuelva. Total, el constructor ya se peló como Baltazar y el vecino sigue ahí, pagando la casa y escuchando explicaciones. El empresario pudo retirarse del problema; la familia no puede retirarse de donde vive.

Pero para cobrar el predial ahí sí no hay confusión. El domicilio aparece, el propietario está perfectamente identificado y el recibo encuentra la puerta sin necesidad de que entreguen formalmente el desarrollo. Para atender servicios falta un expediente; para cobrar, el sistema funciona con una salud envidiable. Esa contradicción explica por qué la propuesta de Serapio merece atención. El municipio no puede relacionarse con esos habitantes como contribuyentes plenamente reconocidos y dejarlos esperando indefinidamente cuando reclaman atención.

Además, ese abandono tiene un costo que alguien ya está pagando. Lo absorbe el vecino cuando coopera para resolver necesidades comunes, cuando pierde tiempo gestionando o cuando ve deteriorarse su entorno. Mantener el asunto atorado tampoco sale gratis, aunque ese gasto no aparezca completo en las cuentas del Ayuntamiento. La burocracia tiene ese talento, puede presumir que no gastó mientras le pasa la cuenta a una familia.

Ahora, tampoco se trata de recibir todo, cerrar los ojos y extenderle una absolución al constructor. Si una empresa descubre que puede cobrar, incumplir y esperar a que el municipio termine lo pendiente, habremos creado un magnífico programa de bienestar para desarrolladores. Ganancias privadas y obligaciones repartidas entre los contribuyentes. Con semejantes facilidades, cualquiera se vuelve un empresario exitoso y hasta encuentra tiempo para dar conferencias sobre la cultura del esfuerzo.

Por eso la iniciativa necesita plazos, revisión de pendientes, cálculo de costos y mecanismos para exigir responsabilidades. Hay que abrirle una salida al habitante sin premiar al incumplido. También corresponde revisar por qué se permitió que esos expedientes envejecieran tanto. Hubo permisos, hubo autoridades y hubo obligaciones. Las casas no aparecieron una madrugada por generación espontánea. Estaría interesante saber en qué momento a todos les dejó de urgir, menos al que compró.

La segunda locura fue meterse otra vez al dren entre Siete Gotas y La Amistad. Su propuesta ahí es gestionar ante la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, Sedatu, que mediante sus programas se revista de concreto ese dren, con la intención de mejorar el paso del agua y atender las condiciones de insalubridad que denuncia. Esa es la obra que está pidiendo, además de exhibir el abandono. Serapio sacó lodo con las manos y lo llamó una deuda pendiente de la Cuarta Transformación. Ahí está el espectáculo, desde luego, pero también una declaración incómoda para su propio movimiento. Porque cuando un diputado de Morena reconoce un pendiente de la 4T, la explicación ya no puede consistir exclusivamente en señalar a los que gobernaron antes. 

A mí ese lugar me trae recuerdos que casi todavía huelen. Hace unos diez años fue ahí donde entrevisté por primera vez a Serapio. Se metió al dren y no conforme con su bautizo terminó bañándome de lodo y de todo lo que usted se imagine. Hay periodistas que guardan con cariño la grabación de la primera vez que entrevistaron a alguien; yo debí guardar el comprobante de la lavandería. Por eso, cuando lo vi regresar, pensé que diez años alcanzan para muchas cosas, menos, por lo visto, para resolver ese pendiente.

Esa repetición tiene más fuerza política que la ocurrencia. El personaje volvió al mismo lugar y encontró una causa que todavía sirve para denunciar. Podemos discutir cuánto busca promocionarse, pero también deberíamos discutir qué ocurrió durante todos esos años. Porque la atención se la lleva el hombre que se mete al dren y se nos escapan quienes tuvieron tiempo, presupuesto o capacidad de gestión para impulsar una respuesta.

Y sí, Serapio quiere encabezar Culiacán. Sería bastante ingenuo fingir que salió a buscar lodo por recomendación del dermatólogo. Está buscando atención y posicionamiento, pero eligió hacerlo sobre necesidades reconocibles. En una competencia política, eso tiene valor. Mientras unos intentan demostrar quién tiene mejores relaciones, él procura instalar la idea de que sabe dónde están los problemas. La maniobra puede gustar o irritar; obliga a los demás a responder sobre algo más concreto que sus propias aspiraciones.

También tiene filo llamar a aquello una deuda de la transformación. Los programas sociales pueden ser valorados por una familia que, al mismo tiempo, exige servicios y obras en su colonia. Una cosa no cancela la otra. El agradecimiento ciudadano no debería interpretarse como un convenio para dejar de reclamar. Serapio está entrando por esa rendija, reconoce lo que su movimiento presume y señala lo que todavía le falta cumplir. Así puede disputar espacio dentro de Morena sin declararse en contra de Morena.

Desde luego, pedir concreto no sustituye un proyecto. Hay que revisar el funcionamiento del dren, su capacidad, las descargas que recibe y el mantenimiento que necesita. Si la intervención adecuada requiere algo más o algo distinto, corresponde explicarlo y presupuestarlo. Pero la exigencia de estudios tampoco debe convertirse en otra forma elegante de mandarlos a esperar. Los vecinos necesitan una solución técnicamente sustentada y una autoridad que diga cómo se va a gestionar.

Las dos propuestas tienen una ventaja política común. Se entienden desde la vida cotidiana. Una familia sabe cuánto le cuesta que no atiendan su fraccionamiento y un vecino sabe lo que significa vivir junto a un dren abandonado. Serapio está vinculando su aspiración con esas experiencias. Eso puede darle organización y respaldo, pero también le deja una obligación muy concreta. Tendrá que regresar, explicar avances y sostener las gestiones cuando la publicación ya no tenga comentarios nuevos.

Por eso no están tan locas sus últimas dos locuras. Señalan problemas que llevan demasiado tiempo sobreviviendo a las explicaciones oficiales. Que haya cálculo político no vuelve falsa la necesidad. Lo que habrá que vigilar es si consigue mover expedientes, acuerdos y recursos con la misma habilidad con la que mueve las redes.

Que se rían de Serapio, pues. Él sabe aprovechar la carcajada. Pero después de reírse, los muy serios deberían mostrar qué han hecho para resolver. Porque si dentro de otros diez años vuelve a meterse al mismo dren, el diagnóstico de locura habrá que revisarlo. Sobre todo entre quienes siguieron cobrando mientras aseguraban que todo estaba bajo control.

Todo esto según yo, el Goyo310.

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