Ya son tres semanas. Tres semanas donde “La Semanera”, ese espacio que el gobierno estatal presumía como la gran herramienta de comunicación con el pueblo, prácticamente desapareció del mapa político. La pregunta ya no solamente circula entre periodistas o actores políticos. La pregunta ya está en la calle. ¿Por qué Yeraldine Bonilla le está sacando la vuelta a los medios?
Porque cuando más ocupado está un estado de información, claridad y liderazgo, es precisamente cuando el gobierno decidió esconderse.
Y eso no se puede maquillar.
Sinaloa atraviesa uno de los momentos más tensos de los últimos años. La gente vive entre incertidumbre, miedo, rumores y desgaste social. Hay familias preocupadas, empresarios nerviosos, ciudadanos cansados de escuchar que todo está bien mientras la realidad diaria muchas veces dice otra cosa. Aun así, el gobierno decidió apagar el principal espacio donde supuestamente se informaba al pueblo.
Ya nadie cree que sea casualidad.
Porque cada vez que la gobernadora interina aparece, declara o enfrenta entrevistas, el asunto termina convertido en problema político, escándalo mediático o incluso tema nacional. Eso empieza a dejar una percepción muy delicada. Que existe miedo.
Miedo a los cuestionamientos.
Miedo a las preguntas incómodas.
Miedo a equivocarse.
Miedo a enfrentar a los medios sin control absoluto del escenario.
Gobernar Sinaloa no es administrar una oficina privada donde solamente se habla cuando todo está perfectamente ensayado.
Gobernar implica carácter.
Porque cualquier funcionario puede salir a tomarse fotografías, inaugurar eventos o leer discursos preparados. Lo difícil es sentarse frente a reporteros cuando el estado está en crisis y responder sin rodeos. Lo difícil es sostener preguntas reales cuando la ciudadanía exige explicaciones. Lo difícil es transmitir seguridad cuando afuera existe incertidumbre.
Y justamente eso es lo que hoy no se está viendo.
“La Semanera” servía mientras el gobierno tenía control del discurso. Mientras podían marcar agenda y administrar la narrativa política a conveniencia. Pero hoy el ambiente es distinto. Hoy las preguntas pesan más que los boletines. Hoy la realidad rebasa cualquier estrategia de comunicación.
Quizá por eso decidieron bajarle.
Porque cuando no hay respuestas claras, el silencio se vuelve refugio.
El problema es que el silencio también comunica. Y lo que está comunicando hoy el gobierno estatal es debilidad. Porque un gobierno fuerte no le huye a los medios. Un gobierno fuerte no desaparece cuando la presión aumenta. Un gobierno fuerte no cancela comunicación justo cuando la ciudadanía más necesita certezas.
La gran duda ya no es solamente por qué desapareció “La Semanera”. La verdadera duda es si la gobernadora interina se siente preparada para enfrentar el tamaño del momento que vive Sinaloa.
Porque una cosa es ocupar temporalmente un cargo y otra muy distinta es ejercer liderazgo.
Y el liderazgo se demuestra enfrentando crisis, no escondiéndose de ellas.
Hoy mucha gente empieza a percibir un gobierno rebasado por la situación, atrapado entre el miedo al desgaste político y la incapacidad de sostener una comunicación firme frente a la ciudadanía. Un gobierno que pareciera tener más preocupación por evitar errores mediáticos que por transmitir tranquilidad a los sinaloenses.
Y eso termina siendo peligrosísimo.
Mientras el gobierno guarda silencio, los rumores crecen.
Mientras el gobierno evita preguntas, la desconfianza aumenta.
Mientras el gobierno se esconde, el estado sigue acumulando tensión.
Sinaloa no ocupa funcionarios frágiles.
No ocupa políticos que solamente hablen cuando tienen todo bajo control.
No ocupa ruedas de prensa cómodas ni discursos prefabricados.
Sinaloa ocupa autoridad.
Ocupa firmeza.
Ocupa alguien que tenga el tamaño político y emocional para pararse frente a la ciudadanía y responder aunque el escenario sea adverso.
Porque cuando un gobierno le tiene miedo a las preguntas, normalmente es porque tampoco tiene respuestas.
Desde la cochera

