Los apuntados de la 4T y la rifa del tigre sinaloense

Los apuntados de la 4T y la rifa del tigre sinaloense

En Sinaloa ya arrancó oficialmente esa temporada tan mexicana donde los políticos empiezan a decir que no quieren nada mientras mandan a poner espectaculares, organizan desayunos, comidas, reuniones, encuentros ciudadanos, saludos casuales y hasta abrazos estratégicos.

La carrera por la Coordinación Estatal de la Defensa de la Cuarta Transformación ya está en marcha y todos juran que lo único que buscan es servir al pueblo.

Sí, cómo no.

Y yo soy sobrino de Elon Musk.

Porque en política cuando alguien dice que no anda buscando un cargo es porque ya trae hasta las medidas de las cortinas de la oficina.

Los nombres empiezan a sonar.

Algunos tienen trayectoria.

Otros tienen padrinos.

Y otros nomás tienen ganas.

Que en política mexicana muchas veces ha sido suficiente.

Lo interesante es que esta vez no están peleando por un premio.

Están peleando por una bronca.

Porque quien gane la coordinación no recibirá precisamente un estado en calma.

Le van a entregar una papa caliente que ya parece carbón encendido.

Van a heredar un Sinaloa golpeado por la inseguridad, por la incertidumbre económica y por una ciudadanía que cada vez cree menos en los discursos bonitos.

Porque una cosa es gobernar en los boletines.

Y otra muy distinta gobernar cuando la gente sale a la calle.

Ahí no sirven los hashtags.

No sirven los influencers.

No sirven las encuestas cuchareadas.

No sirven los aplausos de los funcionarios que cobran por aplaudir.

Ahí sirve dar resultados.

Y ese es precisamente el problema.

Porque mientras los aspirantes andan viendo quién se queda con la candidatura disfrazada de coordinación, la gente anda viendo cómo llegar viva a su casa.

Mientras unos hacen estrategia electoral, otros hacen estrategias para que les alcance el dinero hasta fin de mes.

Mientras unos calculan porcentajes de encuesta, otros calculan si les alcanza para pagar la luz.

Son dos Sinaloas completamente distintas.

La del político y la del ciudadano.

Y pocas veces se cruzan.

Lo más divertido es que todos quieren ser herederos de la Cuarta Transformación.

Pero nadie quiere heredar las cuentas por pagar.

Todos quieren la foto.

Nadie quiere el recibo.

Todos quieren subirse al escenario.

Nadie quiere cargar las bocinas.

Porque una cosa es presumir los éxitos.

Y otra muy distinta explicar los errores.

Y ahí es donde la cosa se pone sabrosa.

Porque el próximo coordinador tendrá que salir a defender absolutamente todo.

Lo bueno.

Lo malo.

Y lo que ya de plano no tiene defensa.

Va a tener que convencer a los ciudadanos de que las cosas están mejorando aunque muchos no lo perciban.

Va a tener que explicar por qué hay funcionarios que parecen estar cobrando por practicar el noble arte de no hacer absolutamente nada.

Va a tener que justificar dependencias enteras donde a veces parece que el único movimiento es el ventilador de la oficina.

Porque seamos sinceros.

Hay secretarías que trabajan tan poco que si fueran aplicación del celular aparecerían como “sin conexión desde hace meses”.

Y aun así todos quieren llegar.

Todos quieren ser el bueno.

Todos quieren ser el elegido.

Todos quieren tomarse la foto de la victoria.

Lo que pocos parecen entender es que el próximo gobernador o gobernadora de Sinaloa no va a recibir un Ferrari.

Le van a entregar una troca desvielada, sin gasolina, con dos llantas ponchadas y el check engine prendido desde hace rato.

Y todavía le van a exigir que gane la carrera.

Esa es la verdadera realidad.

Porque Morena sigue siendo la fuerza política más fuerte del estado.

Pero también es cierto que mientras más tiempo se permanece en el poder más difícil resulta echarle la culpa a los de antes.

Ya no existe el comodín eterno del pasado.

Ya no alcanza con decir que la culpa era de otros.

La factura empieza a llegar.

Y alguien tendrá que pagarla políticamente.

Por eso la disputa que viene no será solamente una competencia de popularidad.

Será una competencia para ver quién está dispuesto a ponerse el chaleco antibalas político y salir a defender un proyecto que enfrenta uno de sus momentos más complicados.

Y mientras los aspirantes se acomodan, se sonríen y se toman fotos juntos jurando unidad, por abajo siguen los empujones, las zancadillas, los codazos y las operaciones cicatriz que en realidad parecen operaciones funeraria.

Porque así es la política.

Todos son compañeros hasta que aparece una candidatura.

Después ya ni el saludo contestan.

Y en esas andan.

Midiéndose.

Promoviéndose.

Contándose las canicas.

Creyendo que la batalla es entre ellos.

Cuando la verdadera batalla está afuera.

En las calles.

En los negocios cerrados.

En las familias preocupadas.

En la gente que ya está cansada de escuchar promesas recicladas con diferente envoltura.

Porque al final del día no importa quién gane la coordinación.

Lo que importa es quién demonios puede arreglar el desmadre.

Y hasta ahorita, entre tantos apuntados, tantos operadores, tantos estrategas y tantos expertos en tomarse selfies, sigue siendo la pregunta más difícil de responder.

Todo esto según yo de Goyo 

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