Morena, tantas encuestas y tan poca unidad

Morena, tantas encuestas y tan poca unidad

Hay algo que Morena debería estar viendo con mucha preocupación y que, por alguna extraña razón, parece que nadie quiere poner sobre la mesa. Tienen un partido con una simpatía enorme, una oposición que todavía carga con el desprestigio de sus propios errores y, aun así, están convirtiendo la definición de sus coordinaciones municipales en una auténtica batalla entre compañeros. Y lo más cabrón del asunto es que todavía no terminan de resolver el pleito estatal.

La famosa operación cicatriz que anunciaron después de la designación de Imelda Castro resultó, hasta donde se observa, mucho más bonita en el discurso que en los hechos. La herida sigue abierta, los grupos mantienen sus propias agendas y la unidad que tanto presumen no termina de reflejarse en el trabajo político. Imelda sigue enfrentando resistencias. El Verde continúa reuniéndose con sus aspirantes, el PT impulsa sus propias coordinaciones y el rochismo mantiene su actividad política. Cada quien trae su juego, sus intereses y sus compromisos. Eso no demuestra por sí solo una ruptura, pero sí deja una pregunta bastante incómoda: ¿dónde quedó aquella operación cicatriz que supuestamente iba a dejar a todos contentos?

Porque una cosa es tomarse la fotografía levantándole la mano a Imelda y otra muy distinta ponerse a trabajar bajo una misma conducción. Y ahí es donde parece que la medicina no alcanzó. Pero lo verdaderamente interesante viene en los municipios.

Las mediciones de simpatía partidista que hemos venido revisando colocan a Morena alrededor del 79 u 80 por ciento. No estamos hablando de una intención de voto que pueda trasladarse automáticamente a las urnas, sino de identificación con el partido. Y ese pequeño detalle cambia por completo la lectura política. Porque cuando a Morena le quitas el logotipo y le pones cara, nombre y apellido, los números se mueven. Hay aspirantes que no despiertan el mismo entusiasmo que las siglas que pretenden representar.

Y tampoco hay que engañarse con el PRI. En esas mismas mediciones aparece un rechazo enorme hacia el tricolor. Hay gente que prácticamente dice que por cualquiera menos por ellos. Pero cuando se presentan nombres concretos, también cambian las respuestas. Resulta que el desprestigio de un partido no siempre es idéntico a la valoración de cada uno de sus personajes. Entonces, ¿de qué sirve presumir porcentajes de partido si todavía no se sabe cómo reaccionará la gente ante los nombres que finalmente aparezcan? Ahí está el asunto que merece atención.

Mientras Morena se toma su tiempo para definir, sus aspirantes no están precisamente jugando dominó. Andan recorriendo colonias, haciendo reuniones, comprometiendo apoyos y buscando quién les arrime más gente. Cada semana que pasa fortalece las expectativas de unos y aumenta la desconfianza de otros. Y luego comienzan las filtraciones. Que si fulano hizo esto, que si mengano tiene aquel expediente, que si el otro estuvo metido en tal asunto. Acusaciones que aparecen en redes, documentos que circulan y señalamientos que deberán comprobarse antes de tomarlos como verdades. Pero que, independientemente de su origen, terminan metiendo más ruido a una competencia que ya viene bastante cargada.

Mazatlán es un ejemplo de esa confrontación. Las aspiraciones se cruzan con cuestionamientos y disputas políticas que han ido subiendo de tono. En Culiacán cada grupo trabaja por su lado, buscando posicionar a su figura, sin que públicamente se observe una integración de todos alrededor de Imelda Castro. Y en Ahome, para qué les cuento. Ahí se encuentran las aspiraciones relacionadas con Ana Ayala, las estructuras vinculadas a Gerardo Vargas, las expresiones del Verde y otros grupos que llevan años disputando influencia política. No todos están necesariamente enfrentados, pero tampoco puede suponerse que sus intereses sean los mismos.

Navolato trae su propia competencia, con liderazgos que llevan meses caminando comunidades y armando estructuras. En Escuinapa las aguas parecen tranquilas, aunque eso no significa que no existan diferencias. En Rosario habrá que ver cómo reaccionan los distintos grupos cuando llegue la definición, particularmente si se confirma alguna de las versiones que circulan alrededor de Rosario Sarabia. Concordia, mientras tanto, mantiene una disputa mucho menos visible.

Y después de permitir que todos esos proyectos crezcan, que se acumulen compromisos y que cada aspirante se convenza de que merece la coordinación, vendrán los dirigentes con su mejor sonrisa a pedir unidad. No chinguen, tampoco se pasen de ingenuos. ¿De verdad creen que una fotografía, tres discursos y un abrazo van a resolver meses de competencia política? Si no han logrado cerrar completamente las diferencias de la definición estatal, ¿qué les hace pensar que podrán hacerlo sin mayores dificultades en veinte municipios?

Ese es el verdadero cuestionamiento a la conducción política del proceso. No se trata de pedir que se salten las reglas ni que designen a cualquiera por salir del paso. Se trata de entender que el tiempo también juega y que, cuando se administra mal, puede convertir una competencia normal en una disputa difícil de conciliar. Imelda Castro tiene una responsabilidad política importante en esta etapa, aunque las decisiones formales correspondan a los órganos partidistas. No basta con encabezar reuniones ni con repetir que todos pertenecen al mismo movimiento. La unidad se construye hablando con quienes están inconformes, integrando a los grupos y generando confianza en las decisiones.

Y la dirigencia nacional tampoco puede hacerse a un lado. Porque abrir una competencia es relativamente sencillo; lo complicado es conducirla sin que los participantes terminen desconociéndose entre ellos. Morena tiene simpatía, estructura y una oposición que sigue batallando con su propio desprestigio. Pero nada de eso elimina la necesidad de elegir perfiles que tengan aceptación ciudadana ni de resolver las diferencias internas. El gran error sería confundir la fuerza de las siglas con la fortaleza individual de quienes quieren representarlas.

Y aquí viene lo que más me llama la atención. Mientras los dirigentes hablan de unidad, cada grupo sigue haciendo cuentas por separado. Mientras presumen encuestas, las valoraciones cambian cuando aparecen los nombres. Y mientras prometen cerrar heridas, permiten que la competencia siga acumulando nuevas inconformidades. Qué curiosa manera de preparar una operación cicatriz: primero dejan que la herida se haga más grande y después buscan quién tenga hilo y aguja.

Porque si la experiencia estatal dejó diferencias sin resolver, repetir exactamente el mismo procedimiento en los municipios no garantiza un resultado distinto. Al final, el problema de Morena no es solamente decidir quiénes serán sus coordinadores. Es demostrar que puede procesar sus propias disputas sin convertir cada nombramiento en una nueva batalla.

Y cuidado, porque el 80 por ciento de simpatía hacia un partido no significa que el 80 por ciento de la gente esté dispuesta a respaldar a cualquier político que se cuelgue de sus siglas. En Morena todavía no terminan de cerrar la herida estatal y ya están preparando veinte operaciones más.

A este paso, más que una operación cicatriz, van a necesitar un hospital completo.

Según yo, el Goyo310.

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