Los tiempos políticos no cambian, se repiten con otros nombres, con otros rostros, pero con la misma lógica. En Sinaloa, como en muchas otras partes del país, vuelve a tomar forma una vieja regla no escrita que ha sobrevivido sexenios, partidos y discursos. Cuando el poder se tambalea, las lealtades se diluyen y la memoria se vuelve selectiva. Una figura cae en lo político y otra comienza a ocupar su lugar casi de inmediato, mientras alrededor todo se reacomoda con una velocidad que sorprende solo a quien no quiere verlo.
Durante años se criticó esa práctica. Se señalaba como parte de un sistema donde la cercanía dependía del poder, donde la lealtad era temporal y donde el silencio se volvía refugio cuando las cosas se complicaban. Se prometió que eso cambiaría, que habría una política distinta, más firme, más congruente. Pero la política no cambia por decreto, cambia con hechos, y esos hechos hoy cuentan otra historia.
No hace falta irse lejos. Apenas hace unos días, dos o tres cuando mucho, el discurso era otro. Había respaldo abierto al gobierno de Rocha Moya, había mensajes de apoyo, había fotografías en eventos, reuniones, recorridos. Había sonrisas compartidas, había declaraciones que hablaban de unidad, de proyecto, de continuidad. Había equipo.
Hoy lo que se ve es otra cosa. Es el deslinde. Es la distancia. Es el silencio. Es la necesidad de colocarse en otro lugar, de marcar una línea que antes no existía. Y en medio de ese movimiento aparece una práctica que se ha vuelto símbolo de estos tiempos, borrar.
Se borran fotos, se eliminan publicaciones, se limpian perfiles como si eso pudiera cambiar lo ocurrido. Como si al desaparecer una imagen también desapareciera el momento. Como si al eliminar un mensaje se pudiera reescribir lo que pasó hace apenas unos días. Ahí está el caso de la senadora Imelda Castro, que decidió eliminar de sus redes sociales las imágenes donde aparecía con Rocha. Un movimiento claro, directo, que no necesita explicación para entender el mensaje político que envía.
Pero la memoria no funciona así.
Las redes sociales no son una libreta que se arranca y se tira. Son archivo. Son registro. Son evidencia. Siempre hay una captura, siempre hay alguien que guardó, siempre hay forma de reconstruir lo que se intenta desaparecer. Y en ese intento de borrar, lo que termina quedando más expuesto es la incongruencia.
Porque el problema no es quitar una foto. El problema es lo que significa quitarla.
Ayer cercanos, hoy distantes. Ayer aliados, hoy desconocidos. Ayer defendiendo, hoy negando. Ese cambio tan rápido es el que define el momento político, mucho más que cualquier declaración pública. Es ahí donde se mide la consistencia, no en el discurso, sino en la conducta.
En Culiacán el fenómeno no es distinto. Se repite con nombres y apellidos. Figuras que hasta hace nada eran acompañadas hoy son evitadas. El caso de Juan de Dios Gámez Mendívil es uno de los más claros. De un momento a otro comenzaron las ausencias, los silencios, las agendas separadas. Como si no hubiera existido una relación reciente, como si no hubiera habido coincidencias, acuerdos, respaldo.
Pero sí lo hubo.
Hace días.
No hace años. No hace meses. Hace días.
Y eso es lo que incomoda, porque no hay forma de esconderlo. La cercanía fue pública, visible, evidente. Por eso el cambio resulta tan notorio. Porque no se trata de una evolución política, se trata de un ajuste inmediato frente a la coyuntura.
Ahí es donde entra la congruencia, esa palabra tan mencionada y tan poco practicada. No se trata de defender a toda costa, se trata de no negar lo evidente. Se trata de asumir las decisiones, los respaldos, las alianzas. Se trata de entender que la política también implica responsabilidad sobre lo que se construyó.
Si lo pusieron, no lo frunzan.
La frase es simple, pero encierra una lógica que hoy parece olvidada. Aguantar no es cómodo. Estar cuando las cosas se complican implica costo. Pero también define a quienes realmente sostienen un proyecto y a quienes solo transitan mientras todo va bien.
Lo que ocurrió en el Consejo Nacional de Morena es el mejor reflejo de este momento. Dentro del recinto el respaldo era claro, fuerte, repetido. Rocha, estamos contigo se escuchaba como consigna, como mensaje de unidad, como señal de fuerza interna.
Pero afuera la historia fue otra.
Legisladores que decían no conocerlo. Políticos que negaban cercanía. Declaraciones que evitaban el tema. Un contraste que no solo llama la atención, sino que exhibe la forma en la que se mueve hoy la política.
Dos discursos en cuestión de horas.
Dos posiciones dependiendo del espacio.
Dos versiones de la misma realidad.
Esa es la política en su estado más crudo. La cercanía que depende del momento. El respaldo que se mide en función del costo. La memoria que se ajusta según la conveniencia. Y al mismo tiempo, una política cada vez más observada, donde todo queda registrado y donde cada cambio de postura deja huella.
Por eso la frase sigue vigente. No como adorno, sino como descripción. Una figura cae en el terreno político y otra ocupa su lugar. Se reorganizan las lealtades, se redefinen las cercanías, se reacomoda el poder. Muera el rey, viva el rey es eso, un reflejo de cómo se mueve la política cuando el equilibrio se rompe.
Y mientras unos corren a borrar, otros simplemente observan. Saben que al final no se trata de lo que se elimina, sino de lo que permanece. Porque lo que permanece no depende de un botón ni de una decisión momentánea.
Depende de la memoria.
Y la memoria, en política, siempre termina regresando.
Muera el rey, viva el rey.
Desde la cochera.

