Hay películas que envejecen mal y hay otras como La Ley de Herodes que con el tiempo se vuelven documental. Lo que pasó en el Congreso con la reforma para permitir que magistrados electorales puedan reelegirse hasta quedarse 17 años en el cargo fue exactamente eso, una escena salida de San Pedro de los Saguaros. Nomás faltó ver a Sergio Gutiérrez Luna sudando, con la Constitución toda manoseada en las manos y diciendo como Vargas “la ley es la ley” antes de volverla a modificar. Porque eso hicieron. No es interpretación ni exageración. Morena, PT y Verde aprobaron abrir la puerta para que magistrados electorales que ya habían sido beneficiados con ampliaciones previas ahora puedan buscar otro periodo más hasta 2034. Y lo más grotesco es que todo esto viene después del enorme espectáculo de la reforma judicial, esa donde juraban que “el pueblo” ahora decidiría quién impartía justicia. El problema es que el pueblo apenas salió a votar, mucha gente ni entendía qué estaba eligiendo y aun así ahora quieren usar esa participación mínima como si fuera coronación monárquica.
La escena recuerda muchísimo cuando Vargas descubre el librito de la Constitución y entiende que el verdadero poder no está en respetar la ley sino en irle moviendo artículos según convenga. Primero una reformita “por estabilidad”. Luego otra “por gobernabilidad”. Después una ampliación “extraordinaria”. Y al final terminas con magistrados convertidos en muebles oficiales del tribunal. Porque eso es lo que acaba de pasar, personajes que originalmente debían durar seis años improrrogables ya brincaron de reforma en reforma hasta acumular la posibilidad de quedarse casi dos décadas administrando elecciones. Ya ni los alcaldes priistas de antes se aventaban esas permanencias sin mínimo cambiarse el bigote para despistar.
Y mientras veía el debate era imposible no acordarse de aquella escena donde Vargas empieza a justificar absolutamente todo porque “el pueblo necesita orden”. Exactamente igualito al discurso actual. Que si es para dar certeza institucional, que si hace falta experiencia, que si el sistema electoral necesita estabilidad. Puras palabras bonitas para disfrazar algo muy mexicano, el terror enfermizo de soltar el hueso. Porque eso sí lo entienden todos los partidos cuando llegan al poder. Critican la concentración hasta que les toca concentrar. Denuncian abusos hasta que descubren lo cómodo que se siente abusar con mayoría legislativa.
Lo más sabroso del asunto fue ver cómo hasta entre ellos mismos se andaban agarrando a periodicazos políticos. Alfonso Ramírez Cuéllar salió a decir que estaban violando el artículo 99 constitucional porque el cargo debía durar seis años improrrogables. Improrrogables. Pero en México esa palabra dura menos que una dieta en diciembre. También diputadas del PT terminaron diciendo que varios magistrados pertenecen a grupos corruptos y que esas reservas se subieron al vapor para beneficiar a unos cuantos. Imagínate el nivel del cochinero para que hasta los aliados anden oliendo raro el caldo.
Y es ahí donde vuelve otra escena perfecta de La Ley de Herodes, cuando Vargas empieza a perder completamente la noción entre gobernar y adueñarse del pueblo. Porque eso pasa cuando las instituciones dejan de servirle a la ciudadanía y empiezan a servirle a quienes las controlan. La reforma judicial se vendió como una democratización histórica, pero terminó convertida en una especie de tómbola rarísima donde participaron pocos, entendieron menos y ahora algunos quieren usarla como pase vitalicio al poder judicial electoral. Casi casi una membresía premium con renovación automática incluida.
Lo peor es que ya ni siquiera intentan disimular. Antes mínimo el viejo sistema fingía prudencia, ahora hacen los movimientos enfrente de todos y todavía esperan aplausos. Presentan reservas de último minuto, cambian reglas sobre la marcha y luego salen a hablar de transformación democrática como si la gente fuera tonta. Y mientras tanto el ciudadano común sigue atorado en la realidad verdadera, recibos de luz imposibles, celulares registrados bajo amenaza de suspensión, inseguridad, inflación y salarios que alcanzan menos que un six en reunión grande. Pero arriba siguen entretenidos jugando a la eternidad política.
La Ley de Herodes tenía una frase brutal, “o te chingas o te jodes”. Y viendo cómo se acomodan las reglas cuando conviene, pareciera que en el Congreso la tomaron no como sátira sino como plan nacional de desarrollo. Porque al final el mensaje que mandan es clarísimo, las reglas son flexibles siempre y cuando el poder siga quedándose en las mismas manos.
#DesdeLaCochera
