Hay algo que todavía no terminan de entender los políticos que andan buscando candidaturas en Sinaloa. La próxima elección no será solamente una competencia entre Morena, PRI, PAN, Movimiento Ciudadano o los partidos que se acomoden donde mejor les convenga. Será una confrontación entre dos memorias, la de un pasado que millones de mexicanos castigaron en las urnas y la de un presente que está dejando heridas difíciles de cerrar. Y cuidado, porque ninguna de las dos memorias garantiza votos para nadie.
Sinaloa se ha convertido en uno de los escenarios políticos más importantes del país. Aquí se está poniendo a prueba la capacidad de Morena para conservar respaldo en medio de una crisis de seguridad, pero también la posibilidad de que una oposición desacreditada por su propia historia consiga recuperar la confianza ciudadana. Lo que ocurra aquí no necesariamente se repetirá en los otros 31 estados, pero puede ayudar a entender cómo reaccionan los electores cuando el desgaste del presente comienza a competir con el rechazo al pasado.
Durante casi 90 años, el PRI fue mucho más que un partido. Fue gobierno, estructura territorial, control político y una maquinaria que decidía quién llegaba y quién se quedaba fuera. Construyó instituciones, carreteras, hospitales y escuelas, pero también acumuló corrupción, abusos y privilegios que terminaron provocando un hartazgo nacional. Morena entendió ese cansancio y lo convirtió en una fuerza electoral que modificó el mapa político mexicano. Su mayor acierto fue convencer a millones de ciudadanos de que no tenían por qué seguir soportando a los mismos de siempre.
El problema aparece cuando el partido que llegó para corregir los errores de sus antecesores comienza a ser evaluado por sus propios resultados. Porque mientras Morena siga comparándose exclusivamente con el PRI, podrá encontrar argumentos para defenderse, pero eso no significa que haya resuelto las exigencias de quienes le entregaron su confianza. Gobernar no consiste en demostrar que los anteriores fueron peores, sino en acreditar que las cosas pueden funcionar mejor.
Y en Sinaloa esa diferencia tiene un significado particularmente doloroso. La crisis de seguridad que comenzó en septiembre de 2024 ha golpeado la economía, modificado la convivencia social y colocado a miles de familias frente a situaciones que ninguna propaganda puede resolver. Hay negocios cerrados, empleos perdidos, inversiones detenidas y familias que han tenido que modificar su manera de vivir. Ahora imaginemos a un candidato tratando de convencer al comerciante que perdió su patrimonio. ¿Qué le va a decir? ¿Que antes se robaba más? ¿Que los otros eran peores? No mamen, al hombre que ya no tiene para pagar la renta de su casa le importa resolver su presente, no escuchar una competencia de desgracias entre partidos.
Pero hay algo todavía más delicado. Las familias de los desaparecidos. Una madre que lleva meses buscando a su hijo no está pensando necesariamente en las disputas internas de Morena ni en las posibilidades de recuperación del PRI. Está pensando en encontrarlo. El padre que ha recorrido hospitales, fiscalías y caminos quiere respuestas. Los hermanos, tíos, primos y amigos que han acompañado esas búsquedas también forman parte de una sociedad que ha tenido que aprender a vivir con una incertidumbre brutal. ¿Cómo van a pedirles nuevamente confianza cuando muchos siguen esperando algo tan elemental como saber dónde están sus seres queridos?
Sería irresponsable asegurar cómo votarán esas familias. Algunas podrán seguir respaldando al gobierno, otras buscarán alternativas y seguramente habrá quienes hayan perdido la confianza en todos. Pero políticamente existe una pregunta que ningún aspirante debería evadir. ¿Cómo se construye legitimidad cuando una parte de la sociedad considera que el Estado no ha podido garantizarle algo tan elemental como vivir con seguridad?
Aquí aparece una de las grandes contradicciones de Morena. Su fortaleza electoral no necesariamente equivale a satisfacción con todos sus gobiernos. Una persona puede respaldar los programas sociales, identificarse con la presidenta Claudia Sheinbaum y, al mismo tiempo, estar profundamente inconforme con lo que sucede en Sinaloa. Confundir la aceptación de un proyecto nacional con un cheque en blanco para sus representantes locales sería un error de cálculo político.
Y ahora vamos con el PRI, porque tampoco se vale que sus dirigentes crean que el sufrimiento de los sinaloenses les va a devolver por arte de magia los votos que perdieron. El PRI tiene un problema mucho más profundo que la falta de candidatos competitivos. Tiene un problema de credibilidad histórica. Para una parte del electorado representa justamente aquello contra lo que votó cuando llegó Morena. Si pretende regresar ofreciendo únicamente críticas al gobierno actual, estará apostando a que el enojo ciudadano sea suficiente para borrar décadas de desconfianza. Bastante cómoda la estrategia para quienes no quieren reconocer sus propios errores.
El PAN tampoco puede limitarse a esperar que el desgaste del oficialismo haga su trabajo, y Movimiento Ciudadano tendrá que demostrar que su discurso de alternativa se traduce en organización, propuestas y presencia territorial. Porque aquí está una de las claves de la próxima elección. El descontento social no se convierte automáticamente en voto opositor. Primero tiene que existir una alternativa creíble. De lo contrario, la inconformidad puede terminar en abstención, voto dividido o incluso en la permanencia del mismo partido al que se critica.
Por eso Culiacán adquiere una importancia extraordinaria. No solamente por su peso electoral, sino porque concentra buena parte de la discusión sobre inseguridad, actividad económica y desempeño gubernamental. Mazatlán representa otro desafío, mientras Ahome, Guasave, Navolato y los municipios rurales tienen realidades distintas, pero comparten una exigencia fundamental, que las autoridades sean capaces de garantizar condiciones para trabajar, estudiar y vivir.
Lo interesante será observar cómo responden las dirigencias partidistas. Morena tendrá que administrar sus disputas internas y demostrar que sus aspirantes tienen algo más que padrinos políticos. El PRI y el PAN necesitarán construir una propuesta que vaya más allá de aprovechar los errores ajenos. Y las demás fuerzas tendrán que decidir si quieren competir de verdad o solamente negociar espacios dentro de las alianzas.
Porque aquí también existe una enorme distancia entre lo que preocupa a la ciudadanía y lo que entretiene a los políticos. Mientras unos cuentan desaparecidos, empleos perdidos y negocios cerrados, otros cuentan consejeros, delegados, operadores y posibles posiciones en las listas. Mientras las familias quieren recuperar su tranquilidad, los aspirantes están calculando quién controla una encuesta y quién tiene mejores relaciones con las dirigencias nacionales. Se están peleando por administrar el poder cuando todavía no terminan de comprender el tamaño del problema que pretenden gobernar.
Y tampoco se vale simplificar la historia. La crisis de Sinaloa tiene raíces en décadas de corrupción, impunidad, debilidades institucionales y decisiones tomadas por autoridades de distintos niveles y periodos. Pretender que todo comenzó con Morena sería una mentira política. Pero utilizar esa historia para quitarle responsabilidad al gobierno actual sería exactamente la misma trampa, solamente contada desde el otro lado. La responsabilidad histórica y la responsabilidad presente pueden coexistir. Una no cancela la otra.
Por eso considero que Sinaloa puede convertirse en una referencia para el resto del país. Aquí veremos hasta dónde alcanza la lealtad partidista cuando enfrenta problemas concretos, cuánto puede recuperarse una oposición que todavía carga con su pasado y qué tan determinante resulta la seguridad en la evaluación ciudadana. No será una prueba perfecta para anticipar elecciones nacionales, pero sí una advertencia de lo que sucede cuando la confianza comienza a desgastarse.
El PRI tiene que explicar por qué merece otra oportunidad. Morena tiene que explicar cómo piensa responder por el presente. El PAN, Movimiento Ciudadano y los demás tendrán que demostrar que no son simples espectadores esperando recoger lo que otros pierdan. Y todos deberían entender que una madre que busca a su hijo, un empresario que perdió su negocio o un trabajador que se quedó sin empleo no son personajes secundarios de una campaña electoral. Son ciudadanos a los que pretenden gobernar.
Porque puede llegar el momento en que recordar los errores del PRI ya no sea suficiente para defender a Morena, pero tampoco lo sea señalar los errores de Morena para justificar el regreso del PRI.
Y cuando ninguna fuerza política pueda vivir exclusivamente de los pecados de la otra, entonces sí comenzará una competencia donde todos tendrán que responder por lo suyo.
Todo esto según yo, el Goyo310.
