Empiezo con una pregunta obligadamente central: ¿Qué estaría ocurriendo hoy si la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, perteneciera al PAN, al PRI o a Movimiento Ciudadano?
Alguien me diría que la respuesta es obvia.
Si, cierto, porque las conferencias mañaneras estarían dedicándole el tiempo necesario. Morena exigiría investigaciones inmediatas. Se hablaría de soberanía nacional, de injerencia extranjera, de responsabilidades políticas e incluso de traición a la patria. Las redes oficiales estarían convertidas en un tribunal permanente y los voceros del régimen reclamarían juicios políticos y renuncias ipso facto.
Pero Marina del Pilar gobierna bajo las siglas de Morena. Y eso cambia completamente el guion.
Aquí no hay condenas anticipadas y, por el contrario, se priorizan las explicaciones. En lugar de exigencias, se impone la prudencia. En lugar de la investigación, viene la descalificación de las filtraciones. Y en lugar de distancia política, se acciona el cierre de filas.
El contraste, desde luego, es evidente en relación a otros casos.
Hace poco más de dos meses, el oficialismo dirigió toda su artillería contra la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, a raíz de un episodio relacionado con agentes estadounidenses de la CIA. El discurso no fue solo contundente: fue rabioso. Traidora a la patria, injerencista, violentadora de la soberanía, digna de un juicio político. Todo el régimen encima, con acusaciones de enorme gravedad.
Hoy, frente a un nuevo escándalo que involucra a una gobernadora de Morena, el tono oficial cambió por completo. Lo que la propia gobernadora de Baja California admite es grave. No condena la grabación, y en cambio avala lo que dijo en ella. Es que tampoco ignora de dónde salió la filtración.
Lo que queda claro es que, en este caso, el régimen centra su esfuerzo en minimizar la gravedad de lo dicho por Marina del Pilar y calificar la filtración como “repugnante”.
Sin embargo, quizá lo más relevante no sea Marina del Pilar. Ni siquiera Maru Campos.
Lo verdaderamente sustancial es que ambos casos parecen formar parte de un fenómeno mucho más profundo.
Durante décadas Estados Unidos infiltró organizaciones criminales, desplegó operaciones especiales o colocó agentes para obtener información estratégica sobre México, como lo muestran hechos concretos protagonizados por la DEA, la CIA y el FBI.
Sin embargo hoy el escenario parece distinto.
Si las investigaciones, las filtraciones, las disputas internas, los actos de corrupción y las diferencias entre grupos políticos comienzan a producir información desde el propio aparato del poder, la lógica cambia por completo.
Washington ya no tiene que abrir la puerta a la manera clásica. La puerta se está abriendo desde adentro. No es que sea novedad, pero los informantes dejaron de ofrecer datos particulares para revelar piezas del sistema.
No se trata únicamente de la capacidad tecnológica o de inteligencia de las agencias estadounidenses. Se trata de que las propias fracturas del régimen terminaron generando testimonios, documentos, grabaciones, declaraciones y versiones que alimentan investigaciones cada vez más amplias.
La inteligencia estadounidense dejó de depender solamente de la infiltración y empezó a nutrirse de las grietas. Y esa posibilidad explica, en parte, el nerviosismo permanente del gobierno federal.
Primero fue el caso del Mayo Zambada. Después la licencia de Rubén Rocha Moya. Más tarde, desde Estados Unidos, las fotografías difundidas del avión que despegó de Culiacán.
Luego la exoneración de la FGR del caso Rocha y su extradición, después la reserva de expedientes “sensibles” de parte de la SRE. Y ahora el caso Marina del Pilar.
La impresión es la de un gobierno que dejó de marcar la agenda y se limita ahora a administrar crisis sucesivas, intentando contener un incendio antes de que aparezca el siguiente. Los bomberos ya no le alcanzan.
Escándalo tras escándalo y cada nuevo episodio obligando al régimen a improvisar una nueva explicación. Cada nueva filtración abre una nueva sospecha. Cada nueva contradicción le pega a la credibilidad oficial. Las fisuras en los cimientos del régimen se vuelven grietas cuando explota un nuevo affaire, y esto quizá sea su verdadero dilema. No es la oposición, en el origen tampoco Washington, sino la falta de control del sistema para que no escape la información que creyó mantener oculta.
Hoy por las grietas del poder brota lo inocultable: la corrupción y el abuso. Al sistema se le dificulta explicar un escándalo distinto cada semana y, en este caso, son pocos los que se prenden de la condena a la filtración y muchos los que creen en lo que se filtra. Y lo de Marina del Pilar es el mejor ejemplo.

